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ARTÍCULO DE OPINIÓN: ¿Qué vacío intenta llenar el miedo de los demás?

 

Desde que empezaron a aparecer estas imágenes, hay una pregunta que no dejo de hacerme:
¿Qué puede pasar por la cabeza de una persona para necesitar disfrazarse, esconder su rostro y salir de noche a provocar miedo?
¿Tan aburrida está su vida?
¿Tan vacía?
¿Necesita sentirse poderosa viendo cómo los demás sienten miedo?
¿Busca diversión?
¿Adrenalina?
¿Atención?
¿Sentirse importante durante unas horas?
O quizá hay algo mucho más profundo detrás que nosotros no conocemos.
Porque provocar miedo es fácil.
Se avistan personas disfrazadas de payasos recorriendo de noche las calles de Utrera y Los Palacios y VillafrancaCualquiera puede conseguir que otra persona tenga miedo si aparece de noche detrás de una máscara y lleva algo que pueda hacer daño.
Lo difícil es conseguir respeto sin intimidar.
Durante unos minutos quizá quien está detrás de esa máscara sienta que tiene el control.
Mientras alguien camina mirando hacia atrás y pensando “¿y si aparece?”, esa persona puede sentir que ha conseguido exactamente lo que quería.
Pero… ¿qué clase de satisfacción puede producir eso?
¿Qué puede sentir alguien al saber que una madre está preocupada porque sus hijos tienen que atravesar un descampado para ir al instituto?
¿Qué se siente al saber que alguien que vuelve de trabajar de noche acelera el paso porque tiene miedo?
¿Qué puede pasar por la cabeza de quien consigue que un barrio entero deje de sentirse seguro?
Porque detrás de cada persona a la que asustas hay una historia que tú no conoces.
Una madre que lleva todo el día trabajando.
Un adolescente que simplemente quiere llegar a clase.
Una persona mayor que vive sola.
Alguien que quizá ya tenía sus propios miedos y ahora tiene uno más.
Y tú no sabes las heridas que puedes estar tocando.
Quizá quien hace esto piensa que solo está jugando.
Pero el miedo no siempre se queda en el momento.
A veces se mete en casa.
Se mete en la cabeza de una madre cuando sus hijos salen por la puerta.
Se queda esperando detrás de una ventana cuando llega la noche.
Hace que una persona mire dos veces hacia atrás antes de doblar una esquina.
Y entonces deja de ser una simple broma.
Porque el miedo de los demás no es un juguete.
No sabemos qué hay detrás de esas máscaras. Puede ser una provocación, una broma llevada demasiado lejos, una forma de llamar la atención o algo más serio. Eso tendrán que determinarlo quienes investiguen lo ocurrido.
Pero sí podemos hacernos una pregunta:
¿Qué vacío estoy intentando llenar haciendo que otros tengan miedo de mí?
Porque llamar la atención es fácil.
Asustar es fácil.
Hacer ruido es fácil.
Lo verdaderamente difícil es encontrar dentro de uno mismo algo que haga que nuestra vida tenga sentido sin necesitar destruir la tranquilidad de los demás.
Y quizá la verdadera pregunta no sea qué clase de persona se esconde detrás de una máscara.
Quizá sea:
¿Quién eres cuando te quitas la máscara y ya nadie te está mirando?
Porque una máscara puede esconder tu rostro.
Puede esconder tu nombre.
Puede hacer que durante un rato nadie sepa quién eres.
Pero no puede esconder lo que llevas dentro.
Y mientras alguien juega a provocar miedo…
Hay una madre que esta noche quizá mire el reloj más veces de las necesarias.
Que compruebe si sus hijos han llegado.
Que escuche un ruido en la calle y se levante para mirar por la ventana.
Que mañana, cuando sus hijos salgan de casa, les diga:
“Avísame cuando llegues.”
No porque quiera vivir con miedo.
Sino porque una madre no debería tener que enseñar a sus hijos a tener miedo para poder protegerlos.
Y quizá, antes de volver a salir con una máscara, estaría bien detenerse un segundo y pensar:
¿De verdad quiero que alguien tenga miedo de volver a casa por culpa de mí?
Porque al final, cuando se apagan las luces, se vacía la calle y desaparece el público…
solo quedas tú frente a ti mismo.
Y ahí no hay máscara que valga…

De verdad…No consigo entender qué puede ganar una persona consiguiendo que los demás tengan miedo. Porque el miedo de una población no te hace más fuerte; solamente demuestra cuánto poder puede tener una persona cuando consigue entrar en la cabeza de los demás…
Y entonces me hago otra pregunta, quizá todavía más difícil:

¿Qué tiene que estar pasando dentro de alguien para que ver el miedo de los demás le produzca satisfacción?
Porque mientras alguien se divierte detrás de una máscara, quizá no está pensando en las consecuencias.
No está pensando en la madre que mira el reloj esperando que sus hijos lleguen.
No está pensando en el adolescente que mañana tendrá que atravesar un descampado para llegar al instituto.
No está pensando en la persona que volverá sola a casa cuando caiga la noche.
Está pensando en el miedo que consigue provocar. Y parece ser que le divierte…
Y ahí es donde, para mí, está la verdadera pregunta:
¿Qué vacío intentas llenar cuando necesitas que los demás tengan miedo de ti?
Porque llamar la atención es fácil. Si.
Asustar también…
Hacer que hablen de ti es muy fácil. Si.
Lo difícil es conseguir que alguien se sienta seguro cuando está a tu lado.
Y quizá algún día, cuando esa máscara desaparezca y ya no haya nadie mirando, esa persona tenga que quedarse a solas consigo misma.
Sin aplausos.
Sin público.
Sin miedo ajeno.
Solo ella y la pregunta que quizá nadie más pueda responderle:
¿Qué estabas intentando encontrar dentro de ti mientras conseguías que los demás tuvieran miedo?
Porque una máscara puede esconder un rostro.
Pero nunca puede esconder lo que realmente llevamos dentro. Los ojos, el espejo del alma…

P.D.: Una mamá preocupada por la sociedad en la que estamos criando a nuestros hijos, donde algunas personas parecen necesitar sembrar miedo en los demás para sentirse poderosas.

Escrito por Sandra Zarcos.

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