Desde el pasado octubre, teníamos conocimiento de que el actual hermano mayor de la Sacramental de Santa María de la Mesa de Utrera, José Manuel Martínez Sánchez, iba a exaltar a la Eucaristía en este Año Jubilar de Consolación de 2014. Elección que de antemano, se sabía que tenía garantía de éxito debido al currículum humano y cofrade de este gran utrerano.
Estaba la capilla barroca del Hospitalito repleta e incapaz de albergar -este año- a la cantidad de personas que allí nos concentramos para dar el pistoletazo de salida al mes de Junio Eucarístico. En el viejo nosocomio, estábamos el Consejo de Hermandades y Cofradías en pleno, la hermandad de la Santa Resurrección del Hospitalito que nunca asiste a este tipo de actos públicos por regla, salvo en este caso, al celebrarse dentro de su propia sede, los medios de comunicación y muchos cofrades.
Comenzó el acto religioso, que presidía –en la parte alta del presbiterio- el director espiritual del Consejo y la Junta Superior del Consejo, con “Corpus Christi” interpretada magníficamente a piano por Ana Rioja García-Rayo. A continuación, tomó la palabra el presentador, José Manuel Álamo Torrecillas, también de la clavería de la Sacramental mariana, quien tras un pequeño preámbulo explicativo del acto, se centró en la figura del exaltador-pregonero, destacando sus facetas humana, profesional, cofrade y salesiana, así como su espíritu de servicio con los demás.
La marcha “Triunfal”, del mismo modo tocada por Ana de forma excelente, fue la que dio paso a la Exaltación a la Eucaristía propiamente dicha, al canto del mismísimo Jesús Vivo a través de numerosas citas que fueron saliendo del verbo fluido del orador. Empezó con las del evangelista Lucas en el momento del cenáculo y la institución del Santísimo Sacramento, siguió con la salutación protocolaria a todos los asistentes, después, echó mano del lema salesiano sobre el ser agradecido, para de manera definitiva entrar en el meollo de la cuestión, explicando el sentido de la propia eucaristía y de la misa, por lo que se valió de palabras de santa Teresa y de otros grandes santos, la mayor parte modernos, como san Juan XXIII, santa Teresa de Calcuta y san Juan Pablo II, e incluso, no dejó atrás las propias manifestaciones del papa Francisco.
Ya en la recta final, habló de los pobres, del perdón a los demás y de la oración íntima con Dios en diversas acepciones y facetas, citando a san Agustín y santo Tomás.
Terminó con alusión directa al Santo Padre, que acababa de ir a Tierra Santa para pedir por la Paz, por lo que pidió que nos uniéramos a él y a Jesús Sacramentado para conseguir tan difícil empeño para los humanos.
Para ello, explicó la manera cristiana de conseguirla a base de amor, sacrificio, comprensión, piedad, etc.
Tal vez, la elección de este final no solo se deba al citado viaje del papa Francisco, si no que profundice más sus raíces en la propia personalidad del exaltador por su condición de médico y de militar o tal vez, por la advocación de su Virgen aceitunera, o quizás, por la serenidad y madurez que dan los años de un cristiano practicante cuando todo se ve con mayor sosiego, o mejor, todas estas conclusiones juntas, hayan sido la base para que eligiera este bello colofón, que le sirvió para rematar, tras poco más de media hora en el atril, con una disertación piadosa bien estructurada y profunda sobre el Misterio Pascual, esencia de nuestra Fe, que acabábamos de oír y que el respetable premió con sus sonoros aplausos.
Tampoco, queremos dejar de resaltar que todo este anuncio ha sido pregonado por un laico, de consistente formación cristiana –como sabemos- pero sin estudios teológicos, lo que constituye un claro ejemplo de lo que quiere la propia Santa Madre Iglesia que –en definitiva- somos todos.
Tras el acto, le fue entregado en el propio presbiterio el pergamino de agradecimiento acostumbrado, y después, se celebró la comida homenaje en la propia casona hospitalaria que fundo doña Catalina de Perea hace 500 años, costeado por los propios comensales que se quedaron; recibiendo –además- una pequeña custodia de mano (ostensorio y viril) en miniatura para el ojal, regalo de las dos antiguas sacramentales utreranas.
