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El 57 Potaje Gitano homenajeó a Pepa de Utrera con un auténtico derroche de arte

Otra página que pasará a los anales del flamenco es la que escribieron el pasado sábado 29 los artistas que se dieron cita en la edición número 57 del Potaje Gitano de Utrera. Fueron varios los factores que determinaron que fuese una noche especial: el peso de este, el primero de los festivales flamencos; el esfuerzo de la Hermandad de los Gitanos por mantener su nivel, la entrega de los artistas que conformaban el cartel y una homenajeada de justicia; la gran Pepa de Utrera.

Más de 1.500 personas fueron testigos privilegios de esta noche cargada de magia que tuvo como conductor a Alberto Flores, locutor de Radio Utrera y colaborador de ABC de Sevilla. Como no podía ser de otra manera, comenzó recordando al recientemente desaparecido Tate Montoya, que además de ser miembro de la hermandad, era un artista querido y respetado por todos. Tampoco quiso pasar por alto el 150 Aniversario del nacimiento de Pinini, iniciador de una de las dinastías flamencas más valiosas de todos los tiempos.

Y así, reconociendo el legado de los que se fueron, dio comienzo la primera de las actuaciones de la noche. Un comienzo de lujo de la mano del utrerano Tomás de Perrate, que dio buena cuenta de la pureza de su estirpe, del compás de Utrera y de su madurez artística. Bulerías con sello propio y una soleá de las que duelen fueron algunos de sus cantes acompañados a la guitarra por Antonio Moya.

Tras él se subía al escenario, después de casi diez años sin pisarlo, una Marina Heredia más madura y rotunda. La cantaora granadina acompañó con su porte y elegancia diferentes palos entre los que destacó el tercio de fandangos del Albaicín y unos tangos que dedicó a la homenajeada y los mantenedores. Excepcional el acompañamiento a la guitarra de Diego del Morao.

En el ecuador de la noche llegaba el momento en que la Comisión Organizadora del festival rendía tributo a a Pepa de Utrera no sólo por su valor como cantaora, sino además porque el Potaje se lo debía, porque ha pisado su escenario en innumerables ocasiones, porque siempre estuvo implicada en la Hermandad acompañando con su cante a sus titulares en la mágica ‘madrugá’ y porque llevó por bandera el nombre de Utrera. Dos de sus incontables amigos y admiradores, César y Jorge Cadaval, actuaron de mantenedores de este homenaje, mostrando que cariño que les unía a la artista de la mejor manera que saben hacerlo; con su humor. Bulerías dedicadas a la Canciller Alemana Ángela Merkel y otras en marroquí, ‘una pataita’ por bulerías ‘al estilo Farruquito’ y hasta una recomendación al alcalde de tomar potaje para coger algo de peso.
Los Morancos en el homenje….

El Hermano Mayor de los Gitanos, Juan Peña, se emocionó recordando a Pepa, Diego Begines en representación de Cruzcampo ratificó el compromiso de la firma con el arte y la cultura, y el alcalde de Utrera, Francisco Jiménez, quiso reconocer el esfuerzo y compromiso de la Hermandad.

Tras la entrega del galardón y los restantes obsequios a la familia, llegó el momento del homenaje artístico protagonizado por el genial Miguel Funi. El Lebrijano quiso rendir honores a su querida prima Pepa abriendo su alma y dejando brotar toda su gitanería al cante y también al baile. Bulerías, expresividad, autenticidad y sentimiento que consiguió levantar de su asiento to a Juana Loreto y con ella, al público entero.

Tras esta explosión de arte llegaba el momento de degustar el guiso que da nombre al festival y recuperar fuerzas para una recta final no menos intensa.

Pitingo aparecía sobre los escenarios con el propósito de entregar todo el arte que atesora sin reservas. Se mostró sincero, humilde y respetuoso con los grandes del flamenco, con el festival y con Utrera. Se ganó al público incluso antes de cantar y remató luego ese flechazo mostrando su versatilidad: su pureza en el cante ‘jondo’ por soleares, malagueñas y fandangos; su valentía y libertad con temas como el ‘Cucurrucucú’ llevado, eso sí, a su terreno, y su lado más festero por bulerías con alguna que otra pataita. Todo ello arropado por un gran elenco de artistas encabezado por el guitarrista Juan Carmona.

El broche de oro de la noche corría a cargo del bailaor Antonio El Pipa, que con solo su presencia y su cuidada estética ya consiguió fijar en su asiento a los que dudaron en prescindir de esta última actuación debido a las altas horas de la madrugada. Con Enrique el Extremeño al cante junto a otros artistas, mostró su baile elegante y familiar, su inconfundible braceo y su porte de maestro.

Así, cuando daban las cinco de la madrugada y con el patio del colegio salesiano como escenario, finalizaba otra mágica noche de flamenco con mayúsculas, de esas que quedan grabadas en la retina y en el corazón.

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