Uvitel
Utrera

Apoteósico colofón del Cincuentenario de la Coronación de Consolación

Se despertó muy temprano los utreranos para estar con su Patrona, que desde primeras horas de la mañana estaba en su paso de salida con sus mejores galas, manto de la Coronación, saya recuperada en 2007, ráfaga, rostrillo y pectoral del siglo XVIII, el barquito y como no las Coronas de Marmolejos, también lucía la Virgen distintos broches, regalos de diversas entidades y Hermandades.

A las 5 de la tarde el repique de campanas de Sta. María y 21 salvas anunciaban la salida de la Parroquia Mayor de Ntra. Sra. de Consolación, que venia acompañada por una escolanía de la Catedral de Huelva dirigida por el utrerano Alfonso Peña. Conformaban el cortejo representaciones de todas las Hermandades de Utrera y 6 foráneas entre la que destacaba la de la Hermandad de la Macarena.

Una enorme petalada recibía el paso de Ntra. Sra. a la entrada en el Altozano, que se encontraba repleto en sus zonas de sombra, se dio la curiosa circunstancias que había mas sillas ocupadas al comienzo que a la finalización del acto, ya que fueron muchos los que abandonaron los asientos para buscar la sombra.
Y es que el calor, mas de 30 grados, fue el principal problema, era muy difícil aguantar a pleno sol. Tal vez la Hermandad debió de retrasar el horario, lo que hubiera permitido una mayor participación de los fieles.

Pasaban escasos minutos cuando dio comienzo el solemne Pontifical, que presidido el Arzobispo de Sevilla D. Juan José Asenjo Pelegrina, concelebró junto al vicario de zona, párrocos locales, la totalidad de la comunidad de padres salesianos, sacerdotes utreranos que ejercen su ministerio fuera de la ciudad, diáconos locales y seminaristas utreranos.

Solemnidad en la liturgia a la que contribuyó el Coro Siarum con sus cánticos. Tras una sentida homilía del Sr. Arzobispo, se puso punto final como no podía ser de otra manera con la Plegaria a la Stma. Virgen de Consolación por parte de Enrique Montoya “Candela”, que en esta ocasión interpretó la Plegaria que Salvador de Quinta escribió y al que su padre Enrique Montoya le puso música, recuerdo a dos enamorados como pocos de la del Barquito en la Mano.

Y después el delirio, la Procesión se puso en marcha, y ya pasadas las 8 de la tarde, muchísimos más fieles se habían acercado por el altozano, entre el fervor parada ante la Capilla de san Francisco y el descubrimiento de un azulejo conmemorativo de la efeméride, que estuvo acompañado de un bombardeo de cohetes, si la Virgen era recibida con una petalada fue despedida con otra desde la Capilla de San francisco.

Calle Ancha, Calle La Huerta, ambas decoradas de manera exquisita y la llegada a explanada del santuario iluminada especialmente para la ocasión, todo ello acompañaba del fervor y amor de los devotos que no dejaron en ningún momento sola a la Virgen. Un maravilloso castillo de fuegos artificiales cuando pasaba poco mas de las 12,30 de la noche ponía el punto y final a tan, ya histórico, día.

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