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Foro flamenco “Utrera de…” recuerda a la cantaora Bernarda en el V aniversario de su muerte

Bernarda, un lustro después. La plataforma cultural-flamenca abierta “Foro Flamenco Utrera de…” rememora y reivindica la extraordinaria aportación cantaora de Bernarda de Utrera, que hoy sigue viva y debe ser un referente para las nuevas generaciones flamencas.

“Serían las cuatro de la tarde cuando un ruido de silencio se adueñó de Utrera. Miércoles, 28 de octubre de 2009, había fallecido, en su domicilio, Bernarda Jiménez Peña, conocida como Bernarda de Utrera. La cantaora contaba con ochenta y dos años, siete meses y veinticinco días de edad. Había llegado su hora: «Ha fallecido de muerte natural, se ha ido apagando poquito a poco, después de la muerte de Fernanda, y rodeada de toda su familia».

Se hizo el silencio. Se paró el compás de los gitanos de Utrera. Se detuvo el tren del cante. Bernarda había muerto del todo. Su primera mitad se fue con Fernanda. Bernarda Jiménez Peña, una de las dos Niñas de Utrera, cantaora básica que tuvo la humildad de plegarse a las quejumbres abisales de su hermana, decidió reunirse con ella después de tres años padeciendo uno de los males más duros de cuantos hay: la falta de su ser más querido. Bernarda de Utrera murió de pena. Llorando hasta el último segundo la ausencia de su guía. Calladse por un momento. Con 82 años, murió Bernarda la de Utrera, la menor de aquellas hermanas que revolucionaron el cante con dos conceptos tan antagónicos como paradójicamente compatibles. Fernanda fue el grito de la alondra «malhería», como escribió Moreno Galván. Bernarda fue el compás. Porque, como ella misma recordaba ufana, «yo soy capaz de meter por bulerías la guía de teléfonos».
«Entre lágrimas y penas / el silencio es un crespón, / a los gitanos de Utrera / les han partío el corazón», solía entonar a golpe de nudillos en cuanto se le achuchaba un poco. Pues si su hermana fue la diosa de la soleá, ella era la reina de la bulería. Y aunque ahora sea distinguida como una de las clásicas del cante, Bernarda ha sido grande por haber innovado. Metió a compás todos los grandes éxitos de la radio de su tiempo hasta conseguir ser condecorada como la mejor intérprete de cuplés por bulerías de la historia. Aunque reducirla a eso es ignorar su obra.

Bernarda metió por fiesta cantes que antes apenas habían sonado en la campiña, como tarantas y malagueñas. Pero muchos sólo se percataron de su vasto conocimiento en su etapa final, cuando la enfermedad de su hermana la echó en solitario a los escenarios. Porque Bernarda vivió a la sombra de Fernanda, sin complejos. «Ella ha sido la más grande», repetía llevándose la cruz a los labios. Sin embargo, la niña chica de Utrera tenía otra fijación: Lola Flores. La llevaba en su pecho, colgada de una cadena que se fue a la tumba con ella. Recuerdos de aquella casa de Utrera mantenida gracias al matadero, donde su padre, José de la Aurora, las tenía a raya hasta que se las llevaron a Madrid primero y a la Feria Mundial de Nueva York después. La primera vez que salieron de Utrera fue prácticamente para cruzar el Charco. Todo a lo grande. Nostalgia de su madre, la chacha Inés Peña, hija del legendario Pinini, tronco por el que las hermanas enraizaban con las entrañas del cante de Lebrija.

Bernarda es la historia del flamenco del siglo XX. Una gitana que grabó por primera vez gracias a Antonio Mairena y que jamás le soltó la mano a su Fernanda mientras se buscaban la vida por las fiestas de Sevilla a mediados de siglo y por los tablaos de la capital a finales de los cincuenta. Bernarda es un grito despavorido desde un rascacielos de Nueva York después de varias semanas secuestrada en Manhattan: «¡Dios mío, dónde está Utrera!». Es una saeta al Cristo de los Gitanos saliendo de Santiago, catedral calé de su pueblo. Es un potaje del colegio salesiano. Es el duende o el misterio de su cante por soleá -sí, por soleá- a su prima Juana Loreto, el cante de Bernarda hecho braceo y desplante, en la película de Edgar Neville. Es un debú discográfico en solitario con 73 años -grabó «Ahora» en 2000, cuando ya Fernanda no podía subir a las tablas-. Es otro disco, el segundo y último que hizo sin su hermana, dedicado por entero «A Fernanda». Es Premio Nacional de Córdoba, Medalla de Plata de Andalucía, Hija Predilecta de Utrera y de la Provincia de Sevilla y Medalla al Mérito de las Bellas Artes. Bernarda Jiménez Peña es, sin lugar a dudas, una figura básica del flamenco y de la cultura andaluza.
Con la desaparición hace cinco años de Bernarda, todos hablaron de una pérdida imposible de asimilar, y del final de una época para el cante de Utrera. Igual que en otras localidades flamencas, la prolífica generación de intérpretes que brilló en Utrera con tanta intensidad en la segunda mitad del siglo veinte, y que hizo de este arte un monumento admirado en todo el mundo entero, se nos fue.

Bernarda representaba todo el flamenco y lo flamenco que tan alegremente hemos archivado, y sólo ahora nos damos cuenta de la magnitud de esta pérdida. Bernarda fue una cantaora muy larga. Fue mucho más que una festera, fue dominadora de todos los cantes. En todo caso, estaríamos hablando de la cantaora festera más jonda de la historia.

Iríamos más lejos diciendo que sus enjundiosas bulerías fueron un vehículo multiuso con el cual ella viajaba a los lugares más insólitos, a veces misteriosos o terribles, a veces dulces y tiernos, pero siempre aplastantemente flamencos. En todo caso, en Utrera, la bulería no es un cante, ni un palo, sino una forma de ser. Todo encaja y todo es emoción a compás. No es el insistente compás de Jerez, sino un vaivén seductor que Bernarda supo aprovechar para arropar sus “soníos” negros que otros no alcanzan ni por seguiriyas.

La bulería, pues, es la carta de naturaleza flamenca y artística de Bernarda. Desde su niñez la hizo suya y ha sido siempre, lo es, su cante emblemático. En la historia del arte flamenco, la interpretación de la bulería por Bernarda de Utrera es un capítulo superlativo en cuanto a la personalización de los estilos por los grandes genios cantaores.

En estos postreros días de octubre se cumple el primer lustro sin Bernarda. La echamos mucho de menos en el camino de Consolación, el que diariamente de promesa la llevaba hasta su Virgen bonita, rosita de abril, que le prestó su manto para que la envolviera hasta su última morada arropada por las banderas gitana y andaluza. Aquel 28 de octubre de 2009 Bernarda se despidió de su pueblo, de la Utrera que la vió nacer, cantar y morir. Pero su cante grande no se acabará ni en cinco años ni en cinco siglos, porque su cante es tan ancestral como eterno. Bernarda está hoy de fiesta. El cuplé gitano celebra su reencuentro con la soleá. Siempre, Bernarda. Y sin falsear, que se le “suelta la lengua”…

Artículo basado en los textos de Alberto García Reyes (“Ha muerto el cuplé gitano: Bernarda ya está con Fernanda”, publicado en www.abcdesevilla.es el 29-10-09), y de Estela Zatania (“Especial. Bernarda de Utrera” publicado en www.deflamenco.com el 02-11-09), recopilados y reelaborados parapor José Jiménez Loreto.

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